PARIS 2024: BIENVENIDOS A LA OSCURIDAD




¡Qué bueno que esto pase! Que muestren sin rodeos el gran proyecto mundial. Un espectáculo destructivo, esperpéntico, postmodernidad exacerbada. Historia al ritmo del rock más pesado y una mujer cantado Imagine al lado de un piano en llamas mientras anuncian que la Historia terminará en la "oscuridad". Es el fin del mundo, como lo fue hace 130 años durante la caída austrohungara, como hace bastantes más años durante la caída del absolutismo, durante la desintegración de grandes imperios, durante las más desconcertantes decadencias. 

Esa es la historia de Francia, de Europa y del mundo según París 2024. La cultura francesa se reduce a un cabaret icónico, un videojuego de época, el Sena lleno de cadáveres ahogados, obras de arte robadas y profanadas, sacrilegios a la moral religiosa, sátiras autodegradantes, drags que bailan con niños ante la cámara, juventudes nihilistas, un arlequín melancólico, una reina decapitada y La Marsellesa que nos hipnotiza y nos rebaja a pequeñas criaturas balbuceantes, tontas y torpes, o mejor dicho, a "minions" que aplauden ante los amos abusivos. Sangre, horror y perversión. Esa es la idea que nos llega desde París, la ciudad que todavía dicta la "moda", la cultura, el pensamiento y el modelo de desarrollo según algunos (muchos) colonizados mentales. Los metales más preciados ahora tienen un significado distinto. El oro que alguna vez fue tributo a la divinidad ahora recae en estatuas que honran la "sororidad", sororidad que sirve de excusa, más endeble que estatua falsa, para poner en un mismo panteón abierto a exploradoras, a científicas, a filósofas existencialistas... y a una renombrada abortista. Recuerda: muerte y oscuridad se reúnen en el culmen de la historia europea. 

Mientras tanto, los hombres insignia de la identidad francesa parecen no tener rostro. Sólo se mencionan logros, inventos y encomiables obras, pero sin nombre propio, porque ahora todo pertenece a todos y por eso está permitido pervertirlo. A eso quedó reducido el héroe francés, a un vagabundo que recorre los intersticios de la ciudad desolada al buen estilo parkour. Hombre misterioso sin rostro, como los que forjaron la sociedad cosmopolita, gendarme sin rostro sobre un caballo plateado, alicaído, vestigio de un orden señorial fosilizado y hecho polvo como la sangre de María Antonieta. 

Esta es la humanidad según París 2024. La antorcha ya no pertenece a quien tiene la voluntad de guiarnos con su luz. Hoy puede caer en manos de cualquiera, y entre relevos y relevos y relevos, perdimos la noción de la "eternité" que antaño dio calor a nuestro espíritu. La antorcha cae en atletas ejemplares, íntegros y reivindicados, en Nadal y Zidane, habitantes de un Olimpo en esta tierra humilde, o cae en manos de un rapero consumidor confeso, destacado promotor de sustancias que ni por casualidad pueden penetrar una villa olímpica. Pero ya no importa. El deporte ha sido prostituido, ha sido penetrado. Porque al nuevo Olimpo, invadido, ocupado, y sometido nos están invitando a todos. El mismo Olimpo Elíseo donde roban a un delegado brasileño, a un grupo de deportistas austriacos y donde el terrorismo ya asimilado deja descarrilada a la utopía de los galos, sin rieles, sin seguridad, sin respuestas. 

Es una señal, la destrucción subterránea que ha afectado a la Francia de los últimos años ahora se muestra bajo la lluvia incómoda. Se supone que la luz nos eleva y que la llama ardiente purifica. Ahora ella se eleva en soledad y nos abandona en el suelo frío y humedo, oyendo la voz nostálgica de Céline Dion. Qué bueno que esto pase. Se comprueban las sospechas, se confirman las agendas y salimos de la arena sólida, del estadio seguro, para navegar en aguas turbias.





Comentarios