El mundo está gobernado por emperadores excéntricos. Ese es el resumen que se puede dar a la época que estamos viviendo. Los reyes locos, las emperatrices desquiciadas, los millonarios con complejo mesiánico, los deportistas traumatizados y los jeques megalómanos que encuentran su equivalente en los antiguos faraones, así como sus estadios de fútbol replican las antiguas pirámides (solo que ahora se embalsaman las historias, héroes y cuerpos narrativos de los clubes deportivos a los que pertenecieron), todos ellos configuran un nuevo tramo de la historia de poder puro, fundado en una ética del erotismo, en una normativa del placer, de la conmoción, del asombro, del atrevimiento, de la prueba personal y del ego como sustancia vital.
El deseo ya no se articula bajo los principios de cohesión y progreso social ni es guiado por la solidaridad y los propósitos comunes. Ahora el deseo no se manifiesta en el trabajo o el esfuerzo individual y conjunto para obtener lo que nos falta, sino en la producción de lo innecesario para revitalizar viejos traumas, afrontar rupturas espirituales, y reivindicar la presencia personal y egocéntrica en un mundo que no la ha pedido. La industria creativa nos da signos de ello: El cine y la televisión estadounidenses han premiado en años consecutivos a actores que interpretan a gobernantes psíquicamente perturbados y a reinas que encabezan turbias monarquías; en el ámbito de la ficción, un grupo de millonarios crea una versión adulta y fatal del Juego del Calamar, y el patriarca de una familia propietaria de un conglomerado de comunicaciones lidia con las afecciones psicológicas de sus hijos rebeldes y traicioneros en plena “Succession”, al tiempo que humilla a sus subalternos en una aislada mansión de campo, haciéndolos remedar a los cerdos en un sórdido juego pasoliniano.
Con la misma fuerza semiótica, la realidad también nos ofrece sus signos reveladores: Mark Zuckerberg surfea en su adquirida parcela a orillas del histórico lago Tahoe, sosteniendo una bandera de EEUU; Cristiano Ronaldo cubre los 828 metros de la torre más alta construida hasta ahora con el rostro de su novia (al modo romántico del Taj Mahal); los dueños del París Saint-Germain rentan la Torre Eiffel, el mayor símbolo de la modernidad estética y urbana de Europa, para presentar a sus neo-gladiadores, y Francia permite que el monumento histórico por excelencia, el Arco del Triunfo, sea cubierto por una infame lona gris para cumplir el capricho de un par de artistas.
Pero ahora nos “sorprende” Putin. No nos dimos cuenta de las fuerzas invasoras previas. No podemos entender a Putin si no nos atrevemos a acercarnos al complejo y caótico inconsciente colectivo que tiembla, se agita y estalla. No busco hacer una reedición de la guerra sin lugar de Baudrillard, pero la guerra empezó con una transmisión televisiva, continuó con titulares alarmantes, se hizo patente en ciudades ucranianas heridas y sigue diseminándose en las redes… una invasión militar se convierte en una guerra semiótica. El primer verbo de la guerra fue escrito en tiempo pasado, con el “nos amenazaron” dicho por Putin, y derivará en el tiempo futuro del “resistiremos y venceremos” de Zelenski. El presente lo pone el resto del mundo, lo ponemos nosotros, con las condenas digitales, las sanciones moderadas, la decepción de los deportistas rusos, el “peace” antes de cada partido de lo que sea y el bloqueo a la aplicación de RT en los dispositivos Apple, los cuales, por cierto, se fabrican en China.
El mundo es un campo semántico integrado por líderes políticos, financieros y de opinión que se incorporan al supuesto estoicismo de moda, laxo y tergiversado que impera en las redes, tal como imperaban los césares antes de la moral cristiana, antes de la consagración universalista católica y antes de la ética protestante. Dejamos el mundo en manos de influencers, opinadores, políticos, estrellas del entretenimiento, empresarios de la tecnología y multimillonarios que aprovecharon el turbo-capitalismo de la información como moneda de cambio y de la especulación virtual traducida en tokens para que nos orientaran y nos instruyeran en nuevas filosofías de vida, en una suerte de transvaloración nietzscheana, enraizada en el susodicho carácter y en el éxito del superhombre financiero, destructor de cohetes, ocupante de islas artificiales y conquistador de nuevos territorios supranacionales al estilo Amazon.
Dejamos el mundo a seres monstruosos, con una bizarra composición demoníaca, líderes o no, pobres o ricos, novatos o experimentados, carismáticos o aburridos, para que alimenten ese agujero negro hecho de una críptica red matemática llamada algoritmo, para que colmaran a la juventud de una esperanza sostenida en el hedonismo, el narcisismo, el erotismo y egocentrismo, y les hicimos creer que tienen el liderazgo social de Marco Aurelio, Adriano y Trajano, pero terminaron siendo encarnaciones tristes de Nerón, Calígula y Tiberio.
Pero nos sorprende Putin. No nos damos cuenta de que Putin es tan solo una representación de ese mundo que hemos trastocado con la atractiva narrativa del gobernante imperial, excelso y ejemplar… y seguido. Los hechos recientes nos demuestran que nadie necesita seguidores, sino que todos necesitan seguir a alguien, y creamos estatuas vivientes, imprudentes, voluntariosas y con poder. Nos creemos modernos y de avanzada. Nos creemos la generación evolucionada, “transhumanista” y globalmente consciente, porque ahora tocamos con los dedos las mismas pantallas que se inventaron hace casi un siglo. Nada de eso; seguimos siendo fanáticos de las promesas mesiánicas de siempre y nos encanta forjar “líderes” que nos señalen todos los caminos posibles hacia el mismo abismo. Y después abominamos, condenamos y nos encerramos en las cuatro paredes del onanismo digital para complacer nuestro ego. La guerra digital sí tiene lugar, pero al final las pérdidas irrecuperables están en la realidad.

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