Birdman está suspendido en el aire. Una celebridad que desea convertirse en plenitud artística, en reducto de la estética moderna, es el centro de una historia rebosante de dinamismos cinematográficos. La ilusión del eterno plano secuencia no es una mera formalidad estilística, no es un simple recurso retórico; resulta ser, más bien, la expresión del conjunto de problemas consubstanciales de nuestro tiempo.
El eterno plano secuencia y los virajes repentinos de ambiente, personajes y circunstancias son formas significantes cuya función es remitirnos a la belleza del mundo actual. Vivimos una época que, después de dolorosas experiencias de autocomprensión y de disolución de las identidades, admite la virtud de la ignorancia. Pero esa ignorancia no debe considerarse como “desconocimiento”, “fatuidad” o “inocencia”; en este caso, el sentido apropiado de ignorancia es el vertiginoso camino de la contingencia, un camino que apenas estamos empezando a recorrer con conocimiento de causa.
Triunfo del lenguaje como desplazamiento, preponderancia de la esquizofrenia cultural, muerte de la ideología como núcleo de conocimientos, llámalo como quieras. El título de la obra de Raymond Carver desnuda la intención principal, y lo oculto tras las complacencias de la literatura clásica queda al descubierto en ropa interior, deambulando por la ciudad a la vista de todos, rebajándose a carroña del colectivo tecnológico: “De qué hablamos cuando hablamos de amor” aparenta ser una apología esencialista del arte, pero termina devorada por el pragmatismo de una era confusa.
Carver soportó los cuchillazos de la hipercorrección. Su texto nunca resistió la tortura y siempre quiso decir la verdad con sus palabras, porque creía que las palabras revestían el significado absoluto, esencial, colmado. Por lo menos Carver tuvo oportunidad de corregir y ser corregido; Birdman no. El preestreno no es una oportunidad de rectificar, porque la obra siempre será distinta, cada vez más espontánea, cada vez más “real”, sometida al movimiento continuo. No es tiempo de corregir hasta lograr algo trascendente, sino de promover la regresión hacia lo inmanente.
El amor por el amor es similar al “arte por el arte”, pero eso está cambiando. Un hombre quiere cambiar su celebridad atribuida por las masas y el comercio por la celebridad adquirida, una que le corresponda por derecho. Tabitha, la ruda crítica, representante de las viejas nociones del arte, le golpea los testículos con un martillito al recordarle que no es actor, no es esencia, sino una celebridad, “pragma”, un hecho simbólico.
La esquizofrenia se transforma en la mejor metáfora de nuestra ruptura simbólica. Nos debemos esforzar cada vez más para distinguir la separación entre el yo y la designación social. Mike es impotente, pero en el escenario no puede controlar una erección. Así somos, nuestra efectividad, nuestro rol, lo cumplimos solo en el universo alegórico. Es la designación social la que determina una identidad, una vida. El disfraz es lo que cuenta. Deja que tu espíritu cosmopolita vuele por la ciudad y revolotee por las calles de Broadway. Sé tú la ciudad.
La estética cotidiana es lo que nos queda. Pedro Alzuru lo deja claro en su brillante artículo Comunicación: ética, política y estética: “Ante este horizonte reductor creado por la comunicación de masas y ante este confuso panorama filosófico la estética puede constituir no solo la más sólida alternativa a la comunicación de masas, sino también, la única posibilidad de revertir la locura autodestructiva que aqueja a la sociedad occidental”.
Birdman quiere convertirse en un objeto estético, socializado, pero su concepto de estética se aleja de la lógica y de la moral, y se degrada a lo inefectivo. Anhela que en la valoración otorgada por la sociedad no se vea involucrado el interés económico. Emerge la perspectiva dieciochesca del desinterés como principio estético. El antihéroe busca el reconocimiento de su valor objetivizado. No se da cuenta, sin embargo, que el desinterés como principio no es lo que aparenta, y su huida de la retribución económica como clave de su fama poco a poco deriva en el reconocimiento simbólico, que al fin de cuentas es interesado.
Quizá sin estar consciente, Birdman consigue una alternativa a su intento destinado al fracaso: la antiestética. Una estética con interés preciso. Lo ideológico permite la incorporación de lo “sensológico”. La única forma de imponerse como actor es anulando la distancia, la separación, entre él y su personaje, entre Birdman y Eddie. Un disparo en la nariz inaugura un nuevo concepto de arte. Mientras más real, más hermoso, mientras más impactante más cotizado. Así es el mundo de la contingencia; de ese modo se definen los parámetros de nuestra sensibilidad. El hiperrealismo en todo, en la publicidad, en la TV, en los videojuegos, en el cine… en la vida misma. Nos apetece sentir más de lo que podemos sentir. Queda instaurada una nueva pulsión a través del desplazamiento, de lo incesante. El plano secuencia es eterno; aunque el hermoso rostro de Emma Stone tenga que desaparecer con la llegada de la inexorable pantalla en negro, el plano continúa.

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